jueves, 19 de diciembre de 2013


DESDE LA CUENTA DE FACEBOOK DE "ESCLAVOS DE CRISTO"

 ¡Escuchen por allá! ¿Qué significa que disparen las armas de la Torre? ¿Por qué todo este sonar de campanas en los campanarios de las iglesias, como si todo Londres estuviera fuera de sí de gozo? Ha nacido un príncipe; por eso hay esta salutación, por eso este repicar de campanas. Ah, cristianos, toquen las campanas de sus corazones y disparen los saludos de sus más gozosos himnos, "Porque un niño nos es nacido, Hijo nos es dado." ¡Danza, oh corazón mío, y repica las campanas de la alegría! ¡Ustedes, gotas de sangre de mis venas, dancen cada una de ustedes! ¡Oh!, que todos mi nervios se conviertan en cuerdas de arpa, y que la gratitud las toque con dedos angélicos! Y tú, lengua mía, grita, grita en alabanza a Él, que te ha dicho a ti: "un niño nos es nacido, Hijo nos es dado." ¡

Enjuga esa lágrima! ¡Vamos, deja de suspirar! Callen ese murmullo. ¿Qué importa tu pobreza? "Un niño te es nacido." ¿Qué importa tu enfermedad? "Hijo te es dado." ¿Qué importa tu pecado? Pues este niño quitará el pecado, y el Hijo te lavará y te hará idóneo para el cielo.

Si así es, yo digo: "¡Arriba los corazones, arriba las voces, Regocíjense con estruendo, ustedes santos, regocíjense!"

 Pero, una vez más, si es así, ¿entonces qué? ¿Por qué están tan fríos nuestros corazones? Y ¿por qué hacemos tan poco por Él, que ha hecho tanto por nosotros? ¡Jesús, Tú eres mío! ¿Soy salvo? ¿Cómo es que te amo tan poco? ¿Por qué es que cuando predico no lo hago con mayor denuedo, y cuando oro, no soy más intensamente ferviente? ¿Por qué es que damos tan poco a Cristo que se dio a Sí mismo por nosotros? ¿Por qué es que le servimos tan tristemente al que nos sirvió tan perfectamente? Él se consagró enteramente; ¿por qué es que nuestra consagración es viciada y parcial? Continuamente estamos ofreciendo sacrificios al yo y no a Él.

 El Púlpito de la Capilla New Park Street
Una Pregunta de Navidad. NO. 291

Un sermón predicado la mañana del Domingo 25 de Diciembre, 1859 por Charles Haddon Spurgeon en Exeter Hall, Strand, Londres.

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